Descifrando el Código de tu Autoestima

¿Cuántas veces nos habremos dicho “no puedo hacer eso” sin siquiera haberlo intentado? Y, efectivamente, no lo podemos hacer. ¿Cuántas veces nos ha invadido miedo al fracaso, a lo que todavía esta por venir, y sufrimos a consecuencia de ese miedo?

 

¿Cuántas veces hemos logrado todo lo que deseábamos y, en ese instante, empezamos a pensar que “no puede ser todo tan perfecto” o que en realidad no nos lo merecemos? Todo esto está estrechamente relacionado con la autoestima. La autoestima, como su nombre indica, hace referencia a la estima en que nos tenemos o la manera en que nos valoramos a nosotros mismos. Y el nivel de autoestima que tenemos, deriva directamente de la seguridad, confianza y éxito que manejemos en nuestra vida.

Debemos entender que la autoestima es un estado mental; es confianza, valoración y respeto por uno mismo. Está constituida por sentimientos positivos que reflejan una actitud positiva que permite la existencia de creencias potenciadoras. La clave para alcanzar una autoestima elevada es estar dispuestos a asumir la responsabilidad de nuestros sentimientos y pensamientos. Llegamos a la vida adulta con una serie de vivencias, que en ocasiones no podemos manejar y caemos en actitudes de culpa, enojo, depresión, miedo, etc.

Desafortunadamente, hay muchísimas personas que, independientemente de su nivel de educación, sexo, edad, posición económica, etc., están bloqueadas por el miedo al fracaso o a no cumplir las expectativas de los demás. En muchas ocasiones, a pesar de que tienen éxito (aparentemente), el miedo a perder sus logros es mayor que la satisfacción que tienen. Muchas veces las personas ponen en duda sus capacidades y se sienten inseguras, son demasiado autocríticas y nunca están satisfechas, o bien terminan por no obtener sus objetivos debido a esta inseguridad acompañada del miedo. Pero, ¿de dónde proceden estas creencias y visiones distorsionadas de uno mismo? Del condicionamiento o la programación que se produce en el seno de nuestra familia y en la sociedad, fundamentalmente.


Para comprender el origen de nuestra autoestima tenemos que regresar hasta la infancia, y entender al niño o la niña que fuimos, pero con la mentalidad de entonces, sin los conocimientos ni la capacidad de raciocinio que tenemos ahora como personas  adultas.

Uno de los principales mecanismos de condicionamiento es el modelado. Durante la niñez, aprendemos a ser los adultos que somos hoy en día, y para ello nos fijábamos en la gente que teníamos a nuestro alrededor y tratábamos de imitarles o modelar su comportamiento. Esto es realmente importante comprenderlo, porque en aquel momento, y sin que nos diésemos cuenta, estábamos tratando de incorporar en nosotros el arquetipo masculino (en el caso de los hombres, observando al padre) o femenino (en el caso de las mujeres, observando a la madre), y el arquetipo de la pareja (observando cómo nuestros progenitores se relacionaban como matrimonio).

Obviamente, a esa temprana edad nuestros progenitores nos merecían confianza, por lo que no podíamos dudar de una madre que nos alimentaba y nos cuidaba cuando estábamos mal, o de un padre que trabajaba para que pudiéramos estar todos juntos en un hogar. Por lo tanto, si nos decían cualquier cosa, nos la creíamos sin dudar.

Si nos decían que éramos despistados, eso quedaba registrado: “soy despistado”. Y al ser “despistados”, actuábamos como tal. Entonces no nos dábamos cuenta, y ellos tampoco remarcaban el matiz de que nuestros despistes eran en comparación con un adulto, ya que si nos comparaban con otros de nuestra misma edad, y con la falta de habilidad o conocimientos de aquella época, éramos igual de “despitados” que los otros. Además, nuestros progenitores por lo general no eran conscientes de que esos comentarios estaban formando erróneamente nuestra identidad; incorporamos la cualidad de despistados a nuestra identidad, en lugar de relacionar los despistes con comportamientos o capacidades concretos. 

Si no nos prestaban atención, sentíamos que no éramos dignos de su cuidado, y que no éramos importantes para ellos ya que no nos atendían. Si no nos sentíamos amados, en nuestra frágil y maleable mente se iba introduciendo un pensamiento desgarrador: “¿Qué habré hecho yo para que mis padres no me quieran?, ¿Tan malo/a soy?, “Si mis padres no me quieren será que soy detestable”.

 Si a todo esto le añadimos que siempre hay alguien que nos dice “si no apruebas no vas a llegar a nada en la vida”, y resulta que no aprobamos; o “eres un incompetente” y nos comparan con otra persona que según sus criterios sí es competente; si recibimos descalificaciones de forma continuada, o castigos cuya razón u origen no terminamos de comprender; si nos hieren emocionalmente, si no recibimos abrazos, si nadie nos valora o reconoce… entonces ya quedamos del todo convencidos de que no valemos o  merecemos nada.

Si los educadores, tanto en el hogar como en la escuela, eran estrictos y nos controlaban y atemorizaban exigiendo una obediencia impuesta y enfureciéndose si no se cumplía, entonces se estaba minando la autoestima del niño, recalcándole su inutilidad y su falta de valía personal y de un futuro optimista.   

 

Así que, es importante que tanto los padres como educadores escojan con cuidado sus acciones y palabras que dedican a sus hijos o alumnos, sobre todo cuando éstos no han cumplido las expectativas de los adultos.

 

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Redacción Instituto Draco

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